28 años*

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Por Gabriela Rodriguez

Es julio del 2022. Me llamo Gabriela y tengo 28 años.

Me encantaría decirte que este año es uno más, que en veintiocho años nunca me llamó la atención ese número, pero no es cierto.

En julio de 1994, era mi mamá la que tenía esta edad. A sus 28 años, Silvana se había recibido de trabajadora social y trabajaba en la AMIA.

Había conocido a mi papá en un grupo de jóvenes con la idea de irse a vivir a Israel y habiendo compartido un año en un kibutz durante la guerra del Golfo, pero decidieron volver a Argentina. Un poco porque ella extrañaba a su familia, un poco más por la guerra.

Se habían casado un año antes, más o menos, me acababan de tener a mí; una beba de ocho meses, y hacía poco que ella había vuelto de la licencia por maternidad.

Ese lunes, si no me equivoco, empezaban las vacaciones de invierno y mi mamá tenía un turno médico que canceló porque la necesitaban en el trabajo.

Se hubiera quedado todo el día jugando conmigo en el piso del living, pero tenía que cumplir con sus responsabilidades.

Mi papá le había dicho “si no tenés ganas de ir, no vayas”. Ella se rió: “¿cómo no voy a ir? si no voy me matan” le dijo. Y, a su pesar, me dejó en la guardería, canceló el turno médico y fue a trabajar.

Era fanática del fútbol y esa mañana, como tantas otras donde mi papá la alcanzaba con el auto, acercaron a mi tío también a su trabajo.

En el viaje, juntos, charlaban de la final del mundial, que había sido el día anterior, domingo 17 de julio, y se quejaban de “cómo Italia le había regalado la copa a Brasil”.

Mi papá y mi mamá estaban pensando en mudarse, y el lunes 18 de julio desayunaron afuera, cerca del trabajo de ella, para seguir charlando del tema.

Alrededor de las 9am, imagino, habrán dado por terminado el desayuno y encarado cada uno a su trabajo.

¿Por qué te cuento esto? El 18 de julio de 1994 empezó como un día más. Igual que hoy, para vos, para mí, para todos.

Mi mamá tenía amigas, familia, pasiones, proyectos y una vida entera por delante. Pero esa mañana, Silvana entró al edificio de la AMIA y no salió nunca más.

Es 18 de julio de 1994. Son las 9:53 y se detiene el tiempo. La oscuridad se apodera del edificio y de la calle Pasteur. Una bomba explota en la sede de la AMIA.

La gente grita, desespera, pide silencio. Los pisos y paredes caen hasta convertirse en escombros. De Silvana y de tantas personas más, no hay noticias.

El barrio entero se pone al servicio, las calles se llenan de voluntarios y de personas que quieren ayudar sin saber bien cómo. Mi bobe, la mamá de mi mamá, se acerca al barrio todos los días con una campera en la mano. Por si Silvana aparece; con vida y con frío. Seguimos sin entender lo que pasó. Veintiocho años después, seguimos sin entender nada.

Tiempo después nos enteramos que esa bomba se lleva ochenta y cinco vidas y deja a más de trescientas personas heridas. Pero veintiocho años después, seguimos viviendo en impunidad.

A pesar de la búsqueda incansable de familiares y amigos de las víctimas, a pesar de la solidaridad de la comunidad toda, a pesar del compromiso de todas las personas que no tenemos el poder de cambiar el mundo, pero que hacemos lo que podemos; seguimos sin obtener justicia.

Hoy soy yo la que tiene veintiocho años. Hoy soy yo, quien alcanza a su madre en edad, como nunca antes, recordándola a cada paso. Hoy soy yo, quien busca seguir multiplicando la memoria, para que nuestros seres queridos no mueran por segunda vez, en manos del olvido.

Hoy soy yo quien te cuenta su historia en primera persona para que te la adueñes y puedas seguir multiplicando la memoria de quienes ya no están para que no dejemos que mueran también en el olvido.

La memoria es un ejercicio constante y depende de cada uno de nosotros, para que hechos como éste no se repitan nunca más.

 

Son 28 años de impunidad.

Seguimos ejercitando la memoria.

No queremos nada menos que la verdad.

No exigimos nada más que justicia.

Gabriela Yael Rodríguez, 28 años.

Hija de Silvana Alguea de Rodríguez, 28 años. Víctima fatal del atentado a la AMIA.

“Después de esa noticia vino lo que viene después de cada muerte, empezando por el reconocimiento. Papá esperaba entre la multitud, detrás de la reja de entrada a la morgue, a que lo dejaran pasar para reconocer a su esposa. Del otro lado, un par de abogados iban y venían con documentos y fotos que llevaban y traían. Uno de ellos entró en contacto con él.

—¡¿Por Silvana Alguea?! —gritó, buscando al familiar.

Papá gritó y agitó sus brazos.

—Daniel —el abogado, que ya había conversado con él con anterioridad, lo reconoció enseguida—, te voy a mostrar una foto, necesito que me digas si esta es la ropa de tu mujer —le dijo y sacó una foto de entre sus papeles.

(…)

Él esperaba ver la ropa de mamá, ya que le habían dicho que ese era el trámite de reconocimiento. Pero al ver la imagen se sumió en el más profundo y nostálgico dolor. La camisa floreada que ella había usado el día en que se había convertido en su esposa en la ceremonia civil apareció, opacada por la catástrofe, en la fotografía. No reflejaba la alegría de aquel día que ahora resultaba tan lejano, por el contrario, se veía apagada y oscura, como si fuera imposible que alguien pudiera tomar la decisión de usarla el día de su boda, como si fuera la prenda de ropa más triste que una persona pudiera vestir. Aunque en algún momento, hubiera sido todo lo contrario.

—Sí, es suya —respondió, reflejando toda la tristeza que una persona puede reflejar. Y atinó a reaccionar antes de que el abogado se fuera—: ¿puedo entrar a reconocerla?

El abogado se negó rotundamente. Dijo que lo protegía, que no iba a exponerlo a semejante imagen, que se iba a ocupar de los trámites necesarios sin que tuvieran que hacer un reconocimiento morboso e innecesario.

Con una beba de ocho meses, papá había quedado viudo. De un momento al otro le faltaba su pareja, su compañera de vida, la madre de su hija. Le dolía todo, le dolía mucho. No podía comprender cómo una persona podía salir adelante después de vivir algo así. Era, definitivamente, el fin del mundo. Pero no tenía opción.

Se fundió en un abrazo lleno de lágrimas con la tía Raquel y después de unos minutos preguntó, desesperanzado:

—¿Cómo se hace, tía? ¿Cómo voy a hacer ahora con Gaby? ¿Cómo vamos a salir adelante?

—Con mucho dolor, querido… Con mucho dolor.”

 

*Extracto del libro “Desde que tengo memoria” de Gabriela Rodríguez (Editorial Tinta Libre, 2021)


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Este artículo fue escrito por la Directora de Comunicaciones de Hebraica.

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