Philip Roth

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Philip Roth, uno de los autores más importantes de la literatura estadounidense de la segunda mitad del siglo XX, ha fallecido este martes 22 de mayo, en Manhattan a los 85 años según ha confirmado su agente, Andrew Wylie.

Nacido el 19 de marzo de 1933 Newark (Nueva Jersey), hijo de un matrimonio de inmigrantes judíos de Europa del Este y criado en el barrio de clase media de Weequahic, Philip Milton Roth, eterno candidato al premio Nobel, que nunca llegó a conquistar, recibió otros importantes premios: dos National Book Awards, dos National Book Critics, tres PEN/Faulkner Awards, un Pulitzer y un Man Booker International.

Tras publicar 31 obras a lo largo de su carrera, el autor de El lamento de Portnoy (1969), que lo catapultó al éxito con la tormentosa relación con el sexo del personaje Alexander Portnoy, y de la ya legendaria Trilogía americana, que le abrió definitivamente las puertas del Olimpo literario –Pastoral americana (1997), Me casé con un comunista(1998) y La mancha humana (2000)–, tomó la decisión de dejar la escritura en 2012, año en que fue galardonado con el Príncipe de Asturias de las Letras, cerrando una trayectoria magistral que arrancó con la publicación en 1959, cuando tenía 26 años, de Goodbye Columbus, un conjunto de cinco relatos y una novela de amor que le valió uno de los premios más prestigiosos de Estados Unidos, el National Book Award.

Con Roth desaparece el último de los gigantes de las letras americanas del siglo pasado, junto con Saul Below (1915-2005) y John Updike (1932-2009), y una figura central de la fecunda narrativa judía estadounidense al lado del propio Bellow, Bernard Malamud (1914-1986) y Norman Mailer (1923-2007), brillando por su capacidad para profundizar en las obsesiones de la cultura de su propia comunidad.

Lo recordamos a través de este fragmento de su libro “Patrimonio. Una historia verdadera” (1991).

“Sender Roth fue para mí, de pequeño, una presencia remota y misteriosa, un hombre ahusado, con la cabeza más pequeña de lo que correspondía a su estatura – el antepasado al que más se parece mi propio esqueleto -, y de quien todo lo que yo sabía era que se pasaba el día fumando, que sólo hablaba yiddish y que no era demasiado aficionado a hacerles carantoñas a los nietos norteamericanos cuando los domingos nos presentábamos en su casa, con nuestros padres. Tras su muerte, el cuenco de afeitar del cuarto de baño hizo que para mí adquiriera mucha más vida que antes, aunque no en su condición de abuelo, sino – lo que entonces me resultaba mucho más interesante – como un hombre más entre los hombres, un cliente de la barbería donde le guardaban el cuenco en una balda, junto con los cuencos de los demás inmigrantes del vecindario. De niño, me tranquilizaba la idea de que en su casa – donde, según todo el mundo decía, nunca sobró el dinero – todas las semanas se reservaban diez centavos para que él pudiera ir a la barbería a que le hiciesen el afeitado del Sabbath.

Mi abuelo paterno había estudiado para rabino, en la Galitzia polaca, en una localidad no lejana de Lemberg, pero cuando llegó a Estados Unidos en 1897, solo, sin su mujer y sus tres hijos, entró a trabajar en una fábrica de sombreros, con intención de ganar dinero y traerse a su familia; y allí siguió trabajando durante casi toda su vida. Siete hijos le nacieron entre 1890 y 1914, seis niños y una niña, y todos ellos, menos los dos pequeños y la única niña, abandonaron los estudios en octavo grado y se pusieron a trabajar para contribuir al sustento de la familia. Fue como si el cuenco de afeitar marcado “S. Roth” hubiera liberado a mi abuelo – aunque sólo fuera momentáneamente, sólo durante los minutos que pasaba sentado en el salón de la barbería, a última hora del viernes, mientras lo afeitaban – de las rigurosas exigencias que lo tenían atrapado y que, me figuraba yo, explicaban su naturaleza austera y poco comunicativa. Aquel cuenco tenía un aura de hallazgo arqueológico, de artefacto que sugería un inesperado nivel de cultura, de refinamiento, de sorprendentísima superfluidad en una existencia que, por lo demás, no era más que estrecheces y vías sin salida. En nuestro vulgar cuartito de baño de Newark, me producía el mismo efecto que una vasija griega en que se pintaran los orígenes míticos de la raza.”

 

 

 

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